Yo siempre acababa cogiéndole alguna de esas plumas para disfrazar a mis muñecas. 
A los seis años me tocó ser el ángel en el belén viviente de la escuela, y las alas con plumas que confeccionamos entre mi abuela y yo dejaron a todo el mundo pasmado. 
Si es que parecía un ángel auténtico; tanto que yo no acababa de entender por qué no volaba cuando agitaba con fuerza mis brazos alados.



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