A algunas familias les cuesta separarse de los trajes y les molesta mi presencia,
sobre todo si necesitan el dinero para saldar alguna deuda con el fisco. En esos casos,
reflexioné mientras esperaba en el andén, logran que me sienta como una intrusa.
Cuando voy a realizar una tasación a una casa de campo de personas adineradas, a
menudo el mayordomo o el ama de llaves se quedan a mi lado llorando, o me dicen
que no toque la ropa, lo que resulta irritante. Si quien me atiende es el viudo, a veces
me describe con todo lujo de detalles lo que se ponía su mujer, me dice cuánto pagó
por una prenda en Dickins & Jones en 1965 y lo guapa que estaba su difunta esposa
cuando la lució en el Queen Elizabeth 2.
De hecho, la situación más fácil con diferencia, pensé cuando llegó el tren, es
aquella en que la mujer se está divorciando y quiere deshacerse de todo cuanto le ha
regalado su marido. En esos casos está justificado que sea expeditiva. En cambio,
visitar a ancianas que quieren vender todo su vestuario resulta en ocasiones agotador
desde el punto de vista emocional. Lo que encuentro es algo más que ropa: es el
tejido, en sentido casi literal, de la vida de una persona.

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