El gato que curaba corazones. Rachel Wells

 Me estaba haciendo el dormido, pero en realidad tenía
las orejas bien tiesas para escuchar lo que estaban
diciendo mientras intentaba, al mismo tiempo, no sacudir
la cola por los nervios. Me había acurrucado en el
sillón favorito de Margaret −o, mejor dicho, en el que
había sido su sillón favorito− y desde allí observaba a su
hija y a su yerno hablar de lo que iba a ocurrir y decidir
mi futuro. Los últimos días habían sido tremendamente
confusos, sobre todo porque ni siquiera entendía bien
qué había pasado. Sin embargo, lo que sí entendí mientras
los escuchaba, haciendo un gran esfuerzo por no
llorar, era que la vida jamás volvería a ser como antes.


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