Estuve a punto de cerrar los ojos y echar a correr, pero
conseguí que me dejaran de temblar las piernas antes
de cometer alguna estupidez. Asustado, coloqué una
patita en la calzada y percibí el estruendo del tráfico,
cada vez más cerca. Oí entonces una estridente bocina
y, al volverme hacia la izquierda, vi dos enormes
faros que se me echaban encima. Salí disparado y corrí
más rápido de lo que había corrido jamás. Para mi
horror, sin embargo, noté que algo me rozaba la cola.
Grité y, tras saltar lo más lejos que pude, aterricé en
la otra acera. Con el corazón desbocado, me volví y vi
pasar un coche a toda velocidad. Supe que me había
faltado muy poco para acabar bajo aquellas ruedas. 

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