Siempre resultaba muy pintoresco ver a aquel señor de aspecto severo, que llevaba corbata y pañuelo, discutiendo con un chico alto con el pelo largo, perilla y un pendiente, que a primera vista parecía más ducho en vinilos de reggae que en ensayos filosóficos. Desde hacía una media hora
larga, su conversación producía un ruido de fondo bastante agradable. Según los
retazos que captaba Laurent, estaban debatiendo a sus anchas sobre el concepto de
realidad, mezclando a Descartes con la obra reciente del matemático Misha Gromov.
Para el señor Berlier, la realidad no existía verdaderamente, era una fórmula
matemática en el fondo del ojo que reconstruía un conjunto de vacío y de átomos.
Existe y al mismo tiempo no existe, objetaba Damien.

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